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Publicado octubre 30th, 2014

Mí llegada al Mictlán: Tonatiuhichan  

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Hola, mi nombre es Eduardo. Cuando tenía 14 años mi padre decidió que la vida que teníamos en la Ciudad de México no era lo suficientemente buena, así que me llevó con él a probar suerte con el vecino del norte: Estados Unidos. Fue una larga travesía, no sabía que sucedería porque había dejado atrás a todos mis compañeros de la escuela, todos decían que si no sabía hablar inglés moriría de hambre; no sucedió. Mi muerte dista de ser por inanición o a causa de alguna enfermedad; pasé mis primeros años intentando acomodarme y falsificando documentos que me permitieran recibir ayuda por parte del gobierno, finalmente después de algunos años, logré hacerme pasar por un ciudadano norteamericano ordinario pero no fue sino hasta que cumplí 21 años cuando mi destino cambió totalmente.

La guerra en contra de aquellos países del oriente había comenzado, muchos dicen que sólo era por culpa del petróleo, otros más románticos decían que por la libertad de aquellos pueblos regidos por dictadores. Yo me mantenía al margen.

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Viajé con más de 200 compañeros a defender a mi nueva madre patria, sin dejar de cuestionarme el por qué de mi permanencia en ese lugar, habría sido sencillo declararme un farsante y ser deportado a mi país, pero no lo hice. Luché en contra de aquellos que debía considerar mis enemigos, abatí a cuantos pude, hasta que un día, mientras platicaba con mi compañero de brigada, el buen William, escuchamos una gran explosión que venía justo de la oficina de nuestro sargento, salimos corriendo a ver qué sucedía y repentinamente, como si se tratara de un martillo golpeándome al mismo tiempo un millón de veces, sentí cómo una granada explotaba a mis espaldas.

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No escuchaba nada, ¿estaba muerto?, todo indicaba que sí, no lograba ver nada, pero la paz se había adueñado de mi cuerpo, la escena tan trágica había cesado y me encontraba en un lugar extraño. Pensé que vería a San Pedro, porque en mi tierra se habla mucho de que es la primera persona que se ve cuando uno tiene suerte y llega al cielo, pero no. Creí que comenzaría a sentir las llamas del infierno quemarme eternamente, no es que haya sido particularmente malo, pero había matado a varios soldados enemigos en defensa propia, eso tiene que darme puntos, ¿no?

De repente mi visión regresó, comencé a ver un gran valle con arboledas y flores bellísimas, jardines enteros repletos de hombres y mujeres en continuo jolgorio; percibí que todo lo que existía ahí era felicidad y las tristezas habían cesado completamente. Pensé en el paraíso judeoctristiano y me sentí afortunado de estar en él, sin embargo, algo era diferente de lo que había leído. Por doquier la diversión era constante y permanente, los olores y sabores degustables eran perfectos, me di cuenta que no estaba en el cielo bíblico cuando escuché que los habitantes de aquel lugar clamaban por Tonatiuh y lo acompañaban en el cielo a su partida. Entonces comprendí  que estaba en algún paraíso prehispánico; comencé a acercarme a las flores que todos estaban probando, me hacía sentir como un colibrí que lo único que tiene que hacer es extraer el dulce néctar y agradecer al sol por un día más de vida.

Desperté en una camilla de hospital después de una semana en coma en la Ciudad de México, habían descubierto mis papeles falsificados y me habían mandado de regreso.

Por: El Infame

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